El como siempre, en el mismo lugar pero a diferentes horas, ella como siempre, llegaba, bajaba lentamente del vagón hasta el andén que la traía hasta el, se encontraban con los corazones desbocados de amor, solo una sonrisa y el brillo en sus ojos de mujer enamorada y desplazándose hacia él se besaban en las mejillas, los dos como un ritual a la vez sencillo y simple pero cargado de ternura, de dulzura, de amor.
Sin tomarse de las manos caminaban uno junto al otro, el la observaba deleitándose con su belleza, ella sintiéndose observada se ruborizaba, suspiraba, al fin llegaban a su destino, un lugar secreto.
El maravillado ante el despliegue de encantos de ella, pero con renovaba imaginación, su excitación casi de adolescente, mantenía la fogosidad y nerviosismo y la oscuridad de la noche era su cómplice perfecto, ella, sabiendo era observada, solo se preocupaba en brindar un buen espectáculo, sabiéndose la protagonista de aquella fantasía real, también agitada y enardecida por saberse deseada le provocaba un delirio erótico, la ebullición interior de ambos era semejante y distinta, él ardía en deseo por poseerla, ella se exaltaba excitada por provocar más el deseo, los pétalos de rosas sobre la cama levantaban la temperatura por el movimiento de ambos, las sabanas revueltas por los movimientos de ella retorciéndose de placer, entre gemidos y jadeos.
Así durante horas en que cada segundo era la máxima expresión del amor. Luego ella debía marcharse, volver a una vida que no la hacía feliz. Un nuevo tren parado en el andén la esperaba, ella se alejaba y el observaba su silueta, su amor, la mujer de su vida, respetando la distancia y besándola en su interior secreto, ella satisfecha por haber encontrado el amor que tanto le imploro a Dios, caminaba hacia su vagón, le dedicaba una mirada hacia donde él estaba, sin siquiera ver su figura, solo sabiendo y sintiendo él estaba ahí, enseguida emprendía la marcha, él apenas unos minutos después que ella ni siquiera ya era silueta, también se marchaba.

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