Ignoramos tantas cosas en la vida, y peor aún, olvidamos con una descarada sutileza y tremenda frecuencia lo que sabemos, tanto es así que en el camino hasta se nos ha olvidado quien somos en verdad.
Nos hemos acostumbrado a una vida, nos hemos dejado llevar ciegamente por un camino, nos hemos permitido dejar de sentir para simplemente sobrevivir.
Nos dejamos envolver en el afán del día, y nos olvidamos de disfrutar de los colores de la vida, permitimos que nuestra agenda se llene de momentos que no nos aportan nada.
Queremos justificar lo que hacemos pero realmente no entendemos que primero hay que aprender a caminar, y sobre todo, a respetar el camino de los demás.
Tan envueltos estamos en dicha manera de ver la vida que nos pareciera por momentos que no existe otra más, como si la costumbre nos impidiera levantar la mirada y ver un poco más allá.
Nos hemos ocupado tanto de la forma, que se ha descuidado el fondo de lo que hacemos, de lo que sentimos, de lo que somos.
Tal vez sea buen momento para dejar de reflexionar y empezar a actuar, entender que la vida solo tiene un lugar y es este, un momento y es ahora, y una forma de ser vivida y es amando lo que somos, lo que hacemos y lo que nos rodea.
Un buen momento para dejar de culparnos por errores de otros, o de recordar los nuestros tan solo para martirizarnos sin hacer el intento de aprender la lección. Un buen momento para entender que lo importante es aprender (o descubrir) quien somos para no volvernos a perder jamás.
Tal vez sea un buen momento para entender, que el único exceso que nos conviene tener, es un exceso de risas en el alma, felicidad en el corazón y el más puro y verdadero amor.

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